NI VIVO, NI MUERTO

Mientras caminaba despacio, me dedicaba a mirar el bello paisaje que me rodeaba, el cual me había perdido mientras me llevaban a mí última morada, por ir atrapado en la maletera de un auto. Aunque la verdad no había mucho que admirar, salvó bosques a diestra y siniestra. Aunque era hermoso de cierta manera, me recordaba los paseos que solía hacer con una de esas tantas familias en las que había estado. En esa ocasión, morí a causa de un cáncer. Había sido el único hijo que se había dado con éxito en esa pareja, después de catorce intentos fallidos, yo nací de nuevo, un par de días después de que un ebrio me atropellara y muriera al romperme la cabeza en el pavimento. A esa pareja les gustaba mucho salir de campamento y por fin habían tenido el hijo que querían para disfrutarlo en familia y cuando tenia once años, me diagnosticaron un caso muy agresivo de cáncer en los huesos.
Terapias, medicinas experimentales, medicinas naturales, nada funcionaba. Después de haber pasado los once años más felices de cualquiera de mis vidas, quedé confinado a una cama de hospital. Ya no podía ir de campamento, no podía escalar, no podía salir a montar. Mi madre lloraba seguido incluso cuando intentaba escondermelo. No puedes esconderle esas cosas a alguien como yo. Mi padre solía salir para que no lo vieran llorar, siempre decía que iba por medicinas y volvía con los ojos hinchados. Odiaba hacerles tanto daño, pero no podía hacer nada. En esa ocasión morir de golpe habría resultado mucho más conveniente, pero no fue el caso. Ahora caminando en aquella carretera rodeada de bosques, recordaba las canciones que nos gustaba cantar cuando íbamos en la camioneta de papá. Afortunadamente unos meses antes de mi muerte, mamá descubrió que estaba embarazada. Aunque no supe que fue de ese bebe o de ellos.
Estaba tarareando una de aquellas canciones que a él le gustaba cantarle a mamá. Una canción de Elvis, que hablaba sobre no poder evitar enamorarse de ella. Mamá adoraba esa canción. Miraba los autos pasar junto a mí, pero sabia que nadie podía verme a mí, por lo que entre ratos caminaba en medio de la calle sin darle la menor importancia al asunto, a fin de cuentas, nadie iba a atropellarme esa vez. Los faros alumbraban el camino cada tanto pues el sol se había ocultado ya. Ahora pasaban cada vez menos de ellos, pero no era algo que me causara importancia. Me llamó la atención un coche parado a un lado de la carretera, con las luces intermitentes encendidas.
Sabia que no podía ayudar, pero no perdería nada acercándome. Al hacerlo pude ver a un bebé dormido en su silla, lo que de inmediato me preocupó pues no había nadie más allí. Miré en todas direcciones, me asome bajo el auto, lo rodee, pero estaba solo. Quería irme antes de que despertara, porque a diferencia de los adultos los niños de ciertas edades aún podían verme y por lo general lloraban cuando lo hacían. El auto no estaba del todo cerrado, dos de las ventanas estaban bajas, para que el aire circulara. El pequeño estaba bien abrigado y la calle era poco transitada, por lo que decidí que como no iba a poder evitar nada, era mejor seguir mi camino. Pero apenas si me había alejado cuando el chiquillo comenzó a llorar a gritos, cual si alguien lo hubiese golpeado o sacudido.
Me sobresalte y regresé, con una mezcla de enojo y resignación. Con algo de esfuerzo entré al vehículo y me senté a su lado para conversar. Me percaté estando un poco más cerca, que se trataba de una niña. Sobre la manta que la cubría estaba bordado el nombre Isabella. Comencé a llamarla en tono divertido, hasta que logré captar su atención. Por fortuna para mí, ella empezó a reírse, consiguiendo que incluso yo sonriera. Me di a la tarea de entretenerla un rato, haciéndole muecas y ocultándome para luego reaparecer y de esa manera hacerla reír. Estaba haciéndole cosquillas en uno de los pies y deseando que alguien llegara, cuando se acercaron al auto y abrieron la puerta. De inmediato la pequeña enarbolo una sonrisa y pude escuchar la voz de una mujer, que no paraba de disculparse.

-Eres una buena niña, mi pequeña princesa se porta como un ángel. Lamento que tuvieras que esperar tanto, pero ya tenemos combustible para irnos a casa. Al menos sé que los ángeles te han cuidado.

Me volví a mirarla y me hice a un lado cuando se acercó para tomar a la pequeña. Nunca me había gustado esa sensación tan extraña cuando alguien cruzaba a través de mí, era realmente desagradable. Repetía una y otra vez que lo lamentaba, que había sido una pequeña buena y valiente. Que estaba muy feliz de verla, mientras la pequeña solo le sonreía. Sacó un biberón de la mochila que estaba en el asiento del pasajero y después de volverla a colocar en su asiento se la entregó. Recargó el auto y ya que había mencionado que iba en dirección a la ciudad, decidí sacarle provecho a la oportunidad y me quedé allí. Jugué con la pequeña hasta que se durmió y al llegar a la entrada de la ciudad, en uno de los semáforos bajé del auto. Me di vuelta sorprendido, al escuchar a la mujer, agradecerme por cuidar a su pequeña, justo cuando la luz cambiaba y ella ponía el auto en marcha.

- Gracias por tu compañía. Que tengas un buen viaje.

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